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martes, junio 14, 2005

Adriana

Adriana no es un invento, no es un personaje. De verdad la conocí haciendo la calle. Hace 2 años fue la primera vez que hablé con ella. Me dijo que tenía 19. Y yo le creí. Después de todo lo aparentaba. Menudita y morena, de ojos grandes, pechos firmes, y un pequeño y redondo culo. Primero dijo que venía de Puebla, después dijo que en realidad era de Chiapas. Cobraba 150, incluyendo el cuarto. Se me antojó, cierto, pero la idea, ya que estaba yo haciendo investigación de campo sobre la prostitución en la ciudad, era platicar con ella sin que me viese como cliente. Iluso de mi. Todos los hombres que Adriana conocía eran, de una u otra forma, sus clientes. Aún así, conseguí que me tuviera cierta confianza. Y cuando llegamos al sexo fue por su iniciativa, de amigos, dijo, sin querer cobrarme. Al menos la primera vez. Después utilizamos el termino propina. No, no es un pago, me lo das porque quieres, lo que tú quieras.

Ella era buena en lo suyo, al menos conmigo siempre lo fue. Era como estar con una ex novia que me dejaba hacer de todo. La veía 1 o 2 veces al mes, ibamos a comer y después a algún hotelito de Tlalpan. La investigación de campo, por cierto, iba dando buenos frutos.

Dejé de tener relaciones con ella hace 1 año. Lo que al principio me pareció una aventura comenzó a parecerme riesgoso. Por supuesto que me hice un examen de salud, y al mes otro, y al siguiente mes otro. 4 elisas seguidos. Todos negativos. Alegría del cronopio. Entonces dejé de verla.

Hace 5 meses volví a buscarla con pretexto del videohome porno. Aceptó participar. Y ahí quedó la cosa. Un mes después la busqué de nuevo, para afinar los detalles de su participación. Fue la última vez que la vi. Mientras comíamos le propuse que nos acostaramos, respondió que no. Estaba enferma. No hice preguntas ni ella dio explicaciones. Aunque me pareció verla un poco demacrada. Sólo me dijo que la buscara después, que cuando se hubiera recuperado me iba a regalar una tarde completa. Ni siquiera hablamos del videohome. Preferí olvidarme del asunto.

A todo esto: si me desvio de mi camino habitual a la oficina, bastan quince minutos caminando para llegar al sitio donde conocí a Adriana, su local, su esquina. Durante 2 semanas dediqué media hora de mi comida para patrullar la zona. Ni una huella de Adriana. Cuando me animé a preguntar me dijeron que dejó de ir hace 2 meses, que regresó a su pueblo. Algunas de las muchachas se acordaban de mí. Casi todas me invitaron a pasar con ellas. Pero (ya puedo ver tu cara de incredulidad), esa no era la idea. A pesar de todo esto que te he contado, debes saber que no soy aficionado a ese tipo de deportes extremos, aunque no tengo empacho en decir que los he practicado.

Pienso en tantas cosas. Adriana cumple 23 años este mes. Me hubiera gustado comprarle algo, no sé, una pulsera, un par de aretes, algo sencillo. Eso y llevarla a comer. Platicar un buen rato y beber unas cervezas, nada más.

Me hubiera gustado despedirme de ella.

1 Comments:

Blogger Matego said...

A veces en las cosas más triviales es dónde encontramos nuestro mayor placer. Disfruté tu relato y esperemos que no concluya aquí pues lo sigo desde Doing the porno flick y Wellcome to the pornohouse.

Saludos.

8:43 p. m.  

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