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miércoles, febrero 21, 2007

La caída.


Si hay algo que nos fascine más que la belleza o las desgracias, es la belleza en desgracia. También podemos cambiar belleza por fama, el resultado sería el mismo. ¿Hay algo más interesante que la caída libre de Britney o las circunstancias de la muerte de Anna Nicole? El hormiguero no soporta que alguien esté por encima o por debajo de la media (el estandar del hormiguero), se odia lo diferente, lo poco común, aquello que nos recuerda nuestra mediocridad y cobardía. Por eso cuando alguien que ha alcanzado la cima se despeña, asistimos alegres al espectáculo, como les tricoteuses que animaban las ejecuciones en la guillotina. Y no sólo asistimos al espectáculo, pedimos más: queremos una vivisección con todos los detalles posibles (los pañales de la psycobitch from outer space, las confesiones de Diego Santoy, todo lo relacionado con Gloria Trevi), nos regodeamos en la miseria ajena, nos transformamos en hienas. Pero eso sólo sucede durante y después de la caída. Antes de eso nuestro comportamiento es más parecido al de los borregos o, mejor aún, al de esos gusanos que sólo son capaces de avanzar siguiendo la cola del que está enfrente, sin que nos importe a dónde nos dirigimos y por qué.

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