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lunes, julio 09, 2007

Afuera de las primarias

Según los comerciales que el gobierno ha radiado en tv las últimas semanas, los narcomenudistas atrapan a sus víctimas fuera de las escuelas primarias.
Les ponen droga en los dúlces y en las calcomanias.
Y se las regalan.

Así que ya está por ahí la propuesta de aplicar el antidpoping en las escuelas primarias y secundarias del país.

Y yo, que no tengo tv en casa, ahora compruebo que he vivido con la marca equivocada.
Es decir: nunca debí ir a Tepito a buscar mota, no se diga para conseguir ácidos (esas calcomanías que chupadas provocan alucinaciones); era tan sencillo como pararme afuera de una primaria y fijarme en el dulcero que tuviera más marchantes. Ahí conseguiría coca, piedra, tachas, mota y lsd !grátis! Adiós a la búsqueda de dealers. Olvidate de raves, zona rosa, iztapalapa y tepito. Y recuerda: nadie para conseguir droga grátis como un niño de primaria.
Otra cosa que aprendi fue que los narcomenudistas son pendejos: para qué venderle a todos esos weyes que se arriesgan deambulando en las madrugadas en busca de media grapa adulterada, dispuestos a quedarse sin quincena a cambio de una gripe colombiana, si el verdadero nicho está en los niños, cuya independencia económica les permitirá pagar sus vicios y acrecentar los ingresos del dealer.

Qué ternura la niña en el comercial cuándo dice que ojala agarren a los que nos venden drogas afuera de la escuela.

Ahora entiendo por qué tantos de mis conocidos dicen que les gustaría volver a ser niños.

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miércoles, marzo 21, 2007

Im in it for the sex


La sola idea de una mujer a la que le fascina el sexo y, por lo tanto, tiene más de una pareja, no sólo asusta a la mayoría de la sociedad, sino que la desconcierta. ¿Por qué una mujer "normal", querría tener un comportamiento similar? De acuerdo a nuestros paradigmas (ay que palabrita tan mamona), si una mujer muestra un interés "desmedido" por el sexo, de seguro es una puta, una guarra, o, en el mejor de los casos: víctima de una familia disfuncional y una sociedad encarnizada. En el porno -un ecosistema famoso por estar formado por perturbados disfuncionales-, la idea es también común: los chicos van por sexo, las chicas van por dinero. Es decir que la idea de una pornstar que realmente disfrute su trabajo, como suelen anunciar con grandes sonrisas en las entrevistas y en sus páginas de myspace, es inaceptable, es una mentira. Lo normal, de acuerdo al estandar social, es que la fulanita se sienta interiormente peor que una mierda. ¿No me digan que no reconforta saber que Linda Deepthroat Lovelace murió atormentada por los demonios que liberó en su juventud? ¿Se sentiría usted a gusto si el personaje que interpretó Jennifer Connelly en Requiem for a dream, luego de la sesión porno live en casa del padrote, en vez de soltarse a llorar se sentara a mirar su sitcom favorito con cara de satisfacción? Aquí viene alguien a recordarme que las bases de la civilización occidental contemporánea están sentadas sobre la represión -oh my Freud!-, y que las mujeres que asumen su gusto por el sexo, y tienen multiples parejas, son peligrosas porque ponen en peligro la noción de familia como nucleo social. Aún más, dice el espontáneo metido a sicólogo: toda noción sexual que ponga en entredicho la idea de sexo = reproducción, es, de menos, perversa. Todo mundo dice entender que un hombre sueñe con ser actor porno (Miguel Bosé fantaseando con Nacho Vidal; Rocco Siffredi convertido en héroe nacional italiano; multitudes afirmando que Ron Jeremy es no sólo the luckiest man alive, sino más envidiado que Bill Gates). En cambio, admirar a una pornstar más allá del "pinche vieja está buenísima"...

Así que si estás convencido de que sex sells, piénsalo dos veces: hipocresy sells much more.

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martes, febrero 20, 2007

De la ilegalidad a la autogestión

Hace tiempo que se sabía. Ya vienen los operativos a Tepito. Incluso algo de eso se mencionó en este blog. Sin embargo no creo que alguien esperara lo que ha estado sucediendo en los últimos días. Y eso que Ebrard, como parte de su campaña electoral, anunció que expropiarían los predios y propiedades dedicados al narcomenudeo, así que en teoría no deberíamos sorprendernos. Pero es que carajo, quiero decir: ¿alguien cree en las promesas de los políticos? En este caso quizá más valdría haberlo hecho. Ahora habrá que ver como termina el baile. Las reacciones en el barrio no se han hecho esperar: el tianguis cerrado, barricadas con puestos ambulantes, calles cerradas, e incluso una mujer que amenaza con prenderse fuego. En el pasado los diferentes operativos instrumentados en Tepito se caracterizaron por su falta de eficacia y los problemas colaterales. La policía siempre ha tenido que salir por piernas del barrio. Sigue Iztapalapa, anuncia el GDF. Yo afortunadamente ya conseguí díler a domicilio, y pronto -via cultivo indoor- seré autosuficiente.

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miércoles, enero 24, 2007

Lo infinitamente más dañino

Raro es el fin de semana en el que uno no se encuentre, al hacer un zapeo televisivo, con alguna batería de periodistas gañanes (ellos y ellas, aunque el término sea masculino) rajando de la difunta Carmina Ordóñez y de su también ya difunta adicción a las drogas. Cada vez que el tema de la droga es tratado por la prensa seria o por la chusca, las diferencias entre las dos desaparecen y parecen todos gañanes, mitad escandalizados, mitad complacidos, en todo caso moralizando y sermoneando con improbable hipocresía: porque son demasiados los reporteros, locutores, tertulianos y columnistas que dan la impresión de estar perpetuamente colocados con alguna mezcla explosiva, a tenor de lo que dicen y escriben. Cuando algún personaje famoso es pillado con drogas, se le impone una penitencia ortodoxa como requisito para ser “perdonado”. El personaje en cuestión ha de hacer una autocrítica digna de las purgas de Stalin (“Soy un imbécil, un enfermo, un pusilánime y una piltrafa, he ido con malas compañías que me han corrompido, pero esto va a cambiar, necesito ayuda y no quiero ser un esclavo”, es más o menos la letanía) y a continuación debe encerrarse en un centro de “desintoxicación” durante unas semanas, como prueba fehaciente de que está arrepentido y quiere quitarse de lo que tomara y seguramente seguirá tomando porque le da la gana. La sociedad, entonces, se muestra comprensiva con el pecador; lo ve expuesto, humillado, artificialmente contrito y avergonzado –en suma, lo ve castigado–; se reconforta pensando que los ricos y célebres son unos degenerados y que no vale la pena envidiarlos tanto, y finalmente los readmite al rebaño.

El proceso es tan farisaico y grotesco que no se entiende cómo lo soportan quienes tienen dos dedos de frente. Se trata de un paripé evidente, porque lo que está fuera de duda es que en los países occidentales o “desarrollados” la gente toma drogas a menudo, sea famosa o anónima y se dedique a lo que sea. Unos más, otros menos y la mayoría nada, desde luego, pero los que sí lo hacen son suficientes para que los narcotraficantes de cualquier rincón se cuenten entre los individuos más adinerados del mundo (los jefes, no los camellos). Hace poco se descubrió que un alto porcentaje de los parlamentarios italianos tomaba sustancias prohibidas; hace más tiempo se comprobó que la mayoría de los billetes de banco de varios países conservaban restos de cocaína; los deportistas se chutan de todo, los pobres ciclistas los más visibles; muchos jóvenes son incapaces de salir de farra sin meterse, como mínimo, media pastillita de éxtasis. Y lo que casi nadie se para a pensar, o eso parece, es por qué tanta gente le da a la droga. Los más descerebrados lo hacen por puro y tonto mimetismo o porque creen que así se sentirán más “enrollados”. Los más cerebrados, por lo que yo sé, sin embargo, ingieren o fuman o esnifan para aguantar el ritmo extenuante y enloquecido de las vidas que han de llevar por su trabajo, lo mismo que los deportistas se inyectan lo que sea en vena porque cada vez se les exigen resultados y marcas más sobrehumanos. Las sociedades capitalistas, cada día más frenéticas y competitivas, imponen una marcha que los humanos normales rara vez soportan sin recurrir a “algo”. En lo que a mí respecta, las ocasiones en que me he tomado “algo” han sido aquellas en las que tenía que hacer un gran esfuerzo o resistir más de la cuenta sin descanso (dar diez entrevistas en un día tras noche en blanco, por ejemplo), por lo que nunca he tenido oportunidad de sentirme “eufórico” ni he alcanzado ninguna “alucinación”, por desgracia (ya puestos …). (Sí, confieso haber sido entrevistado “drogado”; o quizá fuera “dopado”; o tal vez “pirado”; pero nadie, me temo, me notó nada de nada, una lástima.) Los Ministros de Sanidad se dicen muy preocupados por la salud de la gente (la nuestra, por cierto, Salgado, en vez de manifestarse contra la obesidad podía engordar un poco, para no dar mal ejemplo a las jóvenes). Pero no parecen caer en la cuenta de que la clandestinidad de las drogas no hace sino fortalecer y enriquecer a individuos sin escrúpulos que ocasionan mucha mayor mortandad (por lo general a tiros, o mediante adulteraciones de su mercancía) de la que causaría un consumo de drogas regulado y en manos de los Estados. Hemos leído que sólo la Camorra napolitana ha asesinado a tres mil seiscientas personas desde 1980. Y las cifras de Colombia y México deben de ser mucho más elevadas. Que las drogas son perniciosas lo sabe todo el mundo, hasta quienes las toman. Pero lo que resulta infinitamente más dañino es que estén en manos de organizaciones corruptoras y despiadadas que cada vez son más poderosas. Hay ya cárteles que poseen submarinos y aviones y ejércitos, y que recaudan al año más que no pocos países modestos. Si la gente quiere algo lo acaba consiguiendo, ha sido así siempre. Así que una de dos: o se les exige menos a nuestros ciudadanos, de manera que no necesiten echar tanta mano de productos químicos para mantener el ritmo, o se les permite y facilita la obtención de esas sustancias, en buen estado y controladas sanitariamente, y de paso se acaba con los desalmados que, gracias a tanta prohibición, persecución y “cruzada”, se han hecho de oro, y lo que se harán, Dios mediante.
JAVIER MARÍAS

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